Aunque mucho digan los nutricionistas de lo mal que le hacen a nuestro cuerpo las harinas, cuando cualquier hijo de vecino deja de comerlas, por más que sea un “pan de Dios” se vuelve el ser más despreciable que habitó el planeta tierra.
Nadie ignora que cuando empezás a hacer una dieta, la falta de comida provoca pavorosos ataques temerarios perpetrados en contra de todo ser humano que ose cruzarse en nuestro camino y hablarnos de comida, de calorías, de ejercicio, de gordura, de flacura, y hasta de precios de alimentos.
Todo, absolutamente todo lo relacionado con la nutrición puede provocar ataques de ira o de llanto desconsolado. Ni hablar del sentimiento de culpa y de debilidad de carácter que nos asalta cuando estamos a régimen.
Al comienzo estamos con todas las pilas puestas, sentimos que nos vamos “a comer el mundo” -qué ironía, no?- y que nadie nos va a parar hasta no tener un culo como el de Sol Perez. No nos importa que empecemos con una dieta de 1000 calorías, acostumbradas como estábamos a ingerir unas 2.500, y que por esto mismo andemos a los tumbos por la vida, mareados por la falta de nutrientes.
A los dos o tres días si que nos queremos “comer el mundo”, pero literalmente hablando. Tenemos un hambre atroz. Daríamos nuestro reino -si lo tuviéramos- por un sándwich de milanesa o por un alfajor triple. Pero igual no decaemos en nuestra voluntad. La táctica que a mí más me ha dado resultado es mirar las revistas y los programas de TV donde aparece el escultural cuerpo desnudo de alguna vedette, ya sabemos que la “sana” envidia es capaz de incentivarnos a no deponer nuestras armas en cualquier lucha que se precie de tal.
Pero el tiempo pasa, y si bien hemos conseguido adelgazar algunos gramos, el culo no nos está quedando como el de la sobri de Peréz. Es más, está hasta más caído y celulítico que antes, y ni hablar las estrías que se matan de risa del esfuerzo sobrehumano que una está haciendo para no caer en la tentación de engullirse una pizza entera con 2 litros de cerveza negra.
Y es así que nuestro ánimo y carácter comienzan a sufrir ciertas alteraciones ciclotímicas.
Nos sentimos los seres más débiles que han pisado el planeta tierra, porque no puede ser que no comer un lomito nos haga llorar más que el final de los Puentes de Madison.
Y cuando finalmente sucumbimos ante el encanto de un plato de tallarines nos sentimos culpables. Tan enojados estamos con nosotros mismos, que cualquier persona que ose mencionarnos que estamos rompiendo nuestra dieta es merecedora de cualquier castigo divino, y que por supuesto, nosotros nos encargaremos de llevarlo adelante, profiriéndole los improperios más hostiles y absurdos que se nos crucen por la cabeza. Pero luego, cuando nos hayamos quedado a solas con nuestra conciencia y la balanza con la aguja clavada en ese número que nos hace tan infelices, lloramos cual magdalenas por nuestra débil voluntad. Y así estamos oscilando entre la culpa y la tentación durante todo el proceso que dure la dieta bendita dieta.
Y yo me pregunto, ¿vale la pena esta pena? ¿no será que ese cuerpo que tanto anhelamos, en realidad nos lo están imponiendo?¿no será que la felicidad pasa por otro lado y no la estamos viendo?

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Posted by:Lau Albertini

Periodista. Humorista. Feminista. Madre.

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