La maternidad y la amistad muchas veces parecen mutuamente excluyentes, cuantas veces queremos coordinar una mísera reunión y las agendas chocan como meteoritos contra la cruel realidad, ni hablar de las amigas que no son madres y huyen de los eventos donde debemos asistir con nuestros insufribles retoños, rebosantes de energía. Pero viste como es la naturaleza femenina, no nos resignamos al inexorable destino y como todas unas vikingas nos seguimos juntando a cultivar la camaradería, con otras madres, claro está, porque guerreras pero realistas.

Al principio, cuando acabamos de dar a luz, estamos tan obnubiladas con nuestro pequeño pedacito de cielo que nos juntamos para contarnos las maravillas que hacen las criaturitas. No hacemos más que comentar como duerme de noche, a qué edad sonrió, que si le salió el primer diente o cuanta fiebre tiene cuando está con mocos. Nos recomendamos recetas, remedios caseros y trucos para cortar la diarrea.

Pero llega un momento en el que hacemos un click y nos damos cuenta que además de madres somos seres humanos, y ya no son tan divertidas las charlas sobre el color y la consistencia de la caca, entonces queremos volver a hacer las cosas que hacíamos antes de parir y que nos definían como personas. Y entre las muchas cosas que queremos recuperar está el cultivo de la amistad.

Entonces con nuestras expectativas muy arriba, llamamos a una amiga, que también tenga un retoño en edad similar –porque seguimos siendo empecinadas pero realistas- y organizamos una reunión. Nuestra humildísima intención es tomar mate, pintarnos las uñas y hasta jugar una escoba de 15 como para pasar el rato mientras charlamos de sandeces varias, con un recital de Cacho Castaña transmitido por Crónica, sonando de fondo. Pero la cruel realidad nos golpea en la cara y nos la pasamos intercediendo entre los pequeños que no hacen más que pelearse por el mismo juguete. No importa que haya 20 versiones de ese juguete, siempre quieren el mismo. Así que nosotras nos quedamos sin escoba de 15, tenemos que recalentar el agua del mate 2 o 3 veces porque se nos enfría y pintarnos las uñas ya sería una utopía. Eso sí, por lo menos, entre negociación y negociación podemos intercambiar alguna que otra palabra, entonces nos vamos esperanzadas en que en la siguiente reunión los chiquillos no se la pasen peleando y organizamos para la próxima. Porque lo último que se pierde es la esperanza.

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Posted by:Lau Albertini

Periodista. Humorista. Feminista. Madre.

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